domingo, 12 de junio de 2016

Cuento.El hortelano ejemplar

  


Esta es la historia de un hortelano que vivía en una aldea lejos de la gran ciudad. 

La aldea no era demasiado pequeña: había bastantes casas, algún comercio, un par de escuelas... aunque lo que más destacaba era el castillo y su torre desde la cual se divisaba todo el entorno.

Alrededor del castillo se encontraban los campos de cultivo que el Dueño del castillo había encomendado a varios hortelanos diciéndoles "Estas son mis tierras. Ocupaos vosotros de cultivarlas y dar de comer a mis aldeanos. Disponed de vuestra parte porque el obrero merece su salario. Os hago entrega de esta azada que os ayudará a realizar vuestra tarea, no la perdáis nunca porque sin ella no podréis llevar a cabo vuestra labor debidamente ".

Cada uno de los huertos disponía de un pozo de agua potable que garantizaba el riego de los cultivos, un horno de pan en el que se cocían panecillos para abastecer a los aldeanos y una pequeña vid con la que fabricaban vino. El sol lucía sobre los campos todos los días del año lo cual aseguraba una buena producción. 

Una vez repartidas las tierras cada uno de los hortelanos, acompañado de su correspondiente azada, comenzó a plantar las hortalizas que eran necesarias para la subsistencia de los aldeanos según la indicación que habían recibido del Amo del castillo: patatas, tomates, judías, zanahorias... También comenzaron la elaboración de pan y vino. 

Los aldeanos acudían principalmente un día a la semana a comprar las hortalizas aunque había algunos que preferían ir a comprar todos los días.

Cada aldeano tenía cerca un huerto y un hortelano a su disposición y, aunque en todos los campos podían encontrar los productos que necesitaban, sucedía que muchos de ellos preferían recorrer largas distancias para comprar en un huerto que quedaba bastante más lejos...Y esto ocurría porque en uno de los campos el amor con el que el que se habían plantado las verduras se notaba mucho en su calidad, también era muy destacada la diferencia en el trato que recibían por parte del hortelano que les servía. 

En algunas huertas el hortelano se limitaba a vender los productos y no se entretenía a hablar con los aldeanos que acudían, enseguida se retiraba a su almacén de aperos de labranza. Además, gran parte de las tareas las hacían ayudantes. 

El protagonista de nuestra historia, sin embargo, dedicaba mucho tiempo a las personas que iban a comprarle,  les instruía acerca de la vida en el campo, siempre tenía una cálida y sincera sonrisa y además gustaba de hacer él mismo las tareas más duras con sus propias manos lo cual se notaba en el resultado, en el aspecto y el sabor de las hortalizas que recogía. Hay que decir que también se notaba en su aspecto fatigado, su espalda encorvada, sus manos arrugadas por el duro trabajo y su cara curtida por el sol... sin embargo era muy feliz.

La mayoría de los huertos eran funcionales, con los sembrados bien dispuestos, pero en el huerto de nuestro protagonista además se podía observar un cuidado especial en muchos detalles. Además de las hortalizas había un pequeño jardín y, por si fuera poco, había construido él mismo junto al almacén de aperos otro pequeño almacén en el que guardaba con gran cariño su preciosa azada. Al pozo de este campo gustaban acudir muchos niños de la aldea ya que cuando bebían de él, el agua saciaba su sed así como la de los demás visitantes de manera especial. Parecía más fresca. También acudían a ver su almacén porque era digno de contemplar, rodeado de macetas de flores... La verdad es que era una obra de arte pues tenía en mucha estima a su azada. Por otro lado, en su rudimentario horno de pan además de cocer los pequeños panecillos que paliaban el hambre de las personas que allí acudían también hacía bollos y galletas que hacían las delicias de las visitas.

Un detalle muy importante era que todos los hortelanos habían fijado un horario de venta de los productos pero al huerto de nuestro hortelano ejemplar se podía acudir a cualquier hora porque comprendía que muchas veces los aldeanos en realidad no acudían a comprar sino que necesitaban hablar con él ya que se sentían muy acogidos. Él estaba dispuesto a atender a todo el que acudía porque sabía que no sólo de Pan vive el hombre sino de la Palabra que, en su caso, era de consuelo y aliento ante sus problemas y necesidades. 

Este hortelano era tan admirado que algunos niños que le querían y respetaban mucho le pedían que les enseñara el oficio porque querían ser como él.

Su fama llegó a oídos del Dueño del castillo que lleno de gozo estaba deseando recibirle y coronarle como un siervo fiel y leal. 

Queridos niñ@s,

Espero que este cuento os haya gustado mucho. 

Como hacemos siempre, vamos a intentar sacar una enseñanza de él:

¡Vamos a rezar mucho por nuestros sacerdotes para que su trabajo dé abundantes frutos, como los de este hortelano ejemplar!




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