domingo, 19 de junio de 2016

Cuento. El maestro zapatero



Había una vez un Maestro artesano que vivía en una villa donde muchos otros artesanos llevaban a cabo su oficios. Nuestro Maestro era un magnífico zapatero y amaba su trabajo inmensamente. Toda su ilusión estaba depositada en los zapatos que fabricaba con mucho amor y esmero de manera que todas sus creaciones eran piezas únicas dignas de admiración. Tanto le gustaba su oficio que deseaba compartir sus zapatos con todo el mundo.

Este Maestro vivía con su Madre, una piadosa mujer que le ayudaba y atendía en todas sus tareas con una total abnegación y entrega.

Como todos los artesanos de la villa, el Maestro zapatero tenía aprendices que acudían a su taller para aprender el oficio y le facilitaban la tarea ya que sus zapatos tenían mucha fama entre los miembros de la realeza y de la corte y recibía muchos encargos.

Un día el Maestro les dijo:

"Me entristece ver que hay muchos pobres en las afueras de la villa que andan descalzos porque no tienen zapatos que calzarse. Están a merced del frío y enferman. Tropiezan una y otra vez con las piedras del camino y se lastiman.  Sus pies llenos de heridas me hacen sufrir. Me duele mucho el Corazón. Os lo ruego, id y llevadles a cada uno un par de mis mejores zapatos para que no anden descalzos. Decidles que son un regalo y que si los pierden o se les rompen vuelvan con confianza al taller que me hará muy feliz darles otro par. No vayáis a la corte pues ya tienen. Id a los pobres y repartid sin medida. Salid a su encuentro. Si queréis podéis ir de dos en dos y lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis"

Su Madre, que siempre le daba la razón, les dio las gracias y les dijo "Haced lo que Él os diga". 

Cada aprendiz ideó una manera de llevar a cabo el encargo. Algunos pensaron "abriremos pequeños locales y desde allí entregaremos los zapatos a los pobres que acudan" -al parecer no sabían que muchos pobres no se acercarían pues se sentían indignos de entrar y tenían los pies muy sucios..-. Otros pensaron "Nosotros les ofreceremos los zapatos a quienes nos los pidan. Es muy complicado ir a esos parajes donde viven". Otros aprendices más espabilados que veían sufrir mucho a su Maestro, queriendo agradarle pensaron "Estos pobres no tienen monedas para comprar y por lo tanto no acuden al mercado de la villa. Algunos no han visto un par de zapatos en su triste vida y no saben lo que son ni para qué sirven... tendremos que ir a buscarles allí donde viven".



Dicho y hecho. Todos los aprendices se hicieron con un buen número de pares de zapatos de todas las medidas, para hombres, mujeres y niños y se dispusieron a cumplir el encargo.

Pronto nuestros intrépidos aprendices comprobaron lo que se temían. Algunos pobres no habían visto nunca unos zapatos "¿Zapatos?" Esto sucedía sobretodo en las zonas más alejadas de la villa. Otros tenían un poco de recelo "No sé... no necesito zapatos", alguno decía "Parece que son muy estrechos, me aprietan, me duelen los pies, no quiero llevarlos". Por fin un pobre emocionado dijo "Son preciosos, me gustan mucho, gracias, los necesitaba ¿como podía vivir sin ellos? Son muy cómodos, estos sí que me van bien. Más tarde otro pobre le dijo "Yo tuve unos cuando era niño pero se me rompieron y hacía años que no veía ninguno. Me gustaría que mis hijos también tuvieran ¿tiene zapatos para niños?"

Uno de los aprendices se decía para sí "Esto es un poco difícil y fatigoso pero, gracias a Dios, hoy he entregado un par. El Maestro estará contento".

Al atardecer, cuando volvieron al taller, algunos de los aprendices habían repartido muchos pares y otros menos, alguno ninguno pero el zapatero, lleno de esperanza, seguía fabricando zapatos y los aprendices repartiéndolos siguiendo la indicación de su Maestro quien organizaba una fiesta por cada par de zapatos que se habían regalado. 

Les dijo "Escuchad bien", "No todo consiste en saber fabricar zapatos, también hay que salir a regalarlos a la gente que no tiene ¿para qué los hacemos sino los repartimos? No se enciende una lámpara para ponerla debajo del celemín".

El Maestro les animaba a ser pacientes y les pedía perseverancia.



Queridos amig@s,

Espero que os haya gustado este cuento tanto como a mi. Podemos aprender mucho de él.

Os animo a pedirles a Jesús y a María que ayuden a nuestro sacerdote a perseverar hasta el final en su tarea de evangelización -aunque no vean los frutos de su predicación en muchos momentos- no vayan a desfallecer por este motivo.




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