viernes, 6 de mayo de 2016

Cuento. Yo quería ser marinero


Yo quería ser marinero

Desde que era pequeño quise ser marinero aunque mis padres no querían. Me decían que fuera agricultor como mi padre y mi abuelo pero yo quería ser marinero.

Me gustaba mucho el mar, los amaneceres en alta mar... pero lo que más me gustaba era mirar al cielo y al sol y sentir su calor en mi cara.

Conseguí hacer realidad mi sueño. Lo dejé todo y me embarqué con lo poco que tenía pero nada me hacía falta porque grande era mi ilusión. Mi barco lo era todo para mí. Tenía preciosas velas para navegar hacia adelante, un timón para navegar, una brújula milenaria para no perder el rumbo y la compañía de una preciosa estrella que me miraba con amor.

También tenía muchas otras cosas a las que había cogido cariño: algunas vasijas de barro, utensilios para preparar la comida diaria (el pan no puede faltar nunca), cofres y otros enseres básicos como artículos para la limpieza del barco y esas cosas. Todo parecía formar un conjunto en el que todas las piezas eran importantes e insustituibles.

Yo era muy feliz. Cuando veía los bancos de peces ir de un lado para otro sentía la necesidad de lanzar las redes y pescar. Había tiempo para arreglar las redes, para limpiar las vasijas, preparar la comida, mirar el anochecer y el amanecer, el ciclo de la vida... También había que hacer asiduamente otras tareas menos divertidas tales como la limpieza del barco, aunque reconozco que después de la limpieza el barco relucía bajo el resplandor del sol como si fuera nuevo. Pero lo que más necesitaba era mirar al cielo y sentir el sol en mi cara durante largo rato, sin eso no podía vivir.

Generalmente hacía buen tiempo pero a veces soplaba el viento, otras veces había tempestades, oleaje y otros peligros pero sabía que tarde o temprano la calma regresaría y saldría el sol de nuevo porque, aunque a veces se escondía, yo sabía que siempre estaba allí.

Un día vi un pequeño ratón en la bodega del barco. Me preocupé porque era la primera vez que veía uno y temí por el barco y los enseres pero pensé que era inofensivo y me olvidé de él. 

Al cabo de algún tiempo volví a ver un ratón y, peor aún, algunas ratas de mayor tamaño...

Yo estaba muy preocupado y no podía hacer bien mis faenas en el barco porque estaba más pendiente de las ratas...Cada vez estaba más angustiado y se me ocurrieron tres posibles soluciones: podía ignorar las ratas, seguir con mis ocupaciones y aprender a convivir con ellas (hay de todo en la vida y de todas maneras el sol siempre saldrá porque sale para malos y buenos); podía abandonar el barco porque parecían muchas (aunque no eran tantas en realidad, pero estaba muy desanimado) y por último podía iniciar una lucha para tratar de eliminar las ratas.

La idea de abandonar el barco era terrible porque era abandonar toda la vida que había llevado hasta el momento pero cada vez cobraba más fuerza. Empecé a pensar: no pasa nada puedo pescar en otros sitios, un lago por ejemplo. No me hacen falta los enseres, puedo organizarme solo. El campo también tiene su encanto, allí no hay oleaje ni tempestades, es más tranquilo. No me hace falta preparar la comida -alguien lo hará por mi- ...

Sin darme cuenta y presa del desánimo tomé la decisión de abandonar el barco porque la idea de convivir con la plaga parecía imposible. En una ocasión quise intentarlo pero no sabía cómo hacerlo... Los enseres me pidieron que no les dejara "no nos abandones, el barco no será lo mismo sin ti". Pero me olvidé que después de la tormenta viene la calma y que después del anochecer hay un nuevo amanecer.

Dejé las redes y me pareció que se quedaban tristes, arrié las velas y el barco empezó a ir hacia atrás a merced del capricho del viento.

El día se volvió gris y empezó a llover. La estrella parecía llorar pero aún así lo dejé todo y me lancé a otro mar...

Al principio me pareció que mi nueva vida era mejor pero al cabo de un tiempo empecé a acordarme del barco, de mis redes, de mis compañeros de viaje los enseres, las vasijas de barro, las velas, el timón, la brújula y aunque miraba al sol todos los días, no parecía brillar de la misma manera ya que no se reflejaba con esos preciosos destellos sobre el mar...También echaba de menos preparar yo la comida todos los días. Un día estando en el campo vi a un pastor acompañando un rebaño de ovejas y me acordé de los peces del mar y cuánto me gustaba pescar. Pero lo peor de todo era que tampoco me atrevía a mirar a la estrella porque mi corazón sabía que seguía llorando...

Caí enfermo de nostalgia y ya no me curé nunca más y es que yo nací para ser marinero.


Queridos niñ@s,

La verdad es que este cuento es un poco triste pero a veces las historias son así. 

Acordaos de rezar mucho por vuestro sacerdote no vaya a sucederle nunca lo mismo que a este marinero y se desanime.

¡Ánimo niños!

Hemos venido para ayudar y animar a nuestros sacerdotes. Esto es una lucha con muchas batallas que ganar y nosotros somos escudos protectores y formamos parte del ejército de los Escudos de Santa María!


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