jueves, 12 de mayo de 2016

Cuento. El príncipe arrepentido

Esta es la historia de un príncipe que vivió hace ya muchos años, quinientos por lo menos ¿o eran cinco? Ahora no me acuerdo ¡qué lío! 

El hecho de que fuera hijo del Rey y que vistiera un ropaje muy distinguido hacía que fuera muy observado por todas las personas del reino...

Un día el príncipe tuvo que partir hacia la guerra. Su Padre, el Rey, le dijo "hijo mío querido. Puedes coger el caballo que quieras. También puedes coger la espada que quieras pero, por favor, no olvides llevar siempre contigo el estandarte de nuestra familia, la Humildad. Cuando entres en una casa, quédate en ella hasta marchar de allí.  

Reunió a algunos de sus súbditos. Cogió el mejor caballo de la cuadra y la mejor espada que encontró. Se acercó a la capilla y cogió el estandarte familiar. Era precioso, de color blanco y una letra azul bordada que, curiosamente no era la letra H de la humildad sino la M...

Poco antes de partir se dijo para sí mismo "todo príncipe que se precie tiene una princesa que vela por él mientras está en la batalla. Todos los príncipes la tienen, yo no puedo ser menos. Tengo que salir en su búsqueda".

Hacía tiempo que se rumoreaba que cada vez había más castillos cerrados porque había menos princesas. Aún así, lleno de esperanza se dirigió a un castillo lejano donde vivían algunas muy conocidas por todos por su bondad. Al llegar, bajó del caballo y dio con sus puños en la puerta. Abrió una sirvienta y al explicarle el motivo de su visita ella le acompañó a una salita, allí le atendería una princesa.

Cuando la princesa vino a recibirle el príncipe se arrodilló y le hizo una reverencia. Después le suplicó que velara por él mientras estuviera en la guerra, a lo cual ella accedió con mucho gusto, pues era una princesa muy buena, con un gran corazón, como todas las que allí vivían. 

El príncipe estaba muy orgulloso y dejó el castillo muy tranquilo y confiado, así que firme y decidido partió al campo de batalla...

La guerra duraba más tiempo de lo previsto. Él parecía desfallecer y se preguntaba si su princesa aún velaría por él. 

Un día se desató una batalla terrible y el príncipe salió malherido. Sus fuerzas flaqueaban. El destino quiso que fuera a parar a un pueblo poco recomendable. Había allí una pobre mujer. Cuando lo vio se conmovió enormemente. La pobre mujer vestía unos harapos y parecía muy enferma. Ella llena de vergüenza le invitó a entrar en su humilde casa para curarle las heridas. "Soy una pobre viuda -le dijo- no soy digna de que entre en mi casa pero con gusto le recibo. Puede quedarse aquí, si lo desea. Tengo cuatro hijos. Estamos todos enfermos pues no tenemos para comer". Le ofreció una manzana que tenía (y que era la única comida que tenía para dar de comer a sus hijos). "Déjeme velar por usted".

El príncipe pensó "¿de este pueblo puede salir algo bueno?" No dijo nada, se excusó y se fue en busca de un alojamiento mejor. Mejor un castillo, pensó, más digno de mi rango.

Se había quedado sin caballo y sin espada. Estaba gravemente herido y no sabía cómo iba a poder continuar la lucha...La guerra parecía recrudecerse más y más. Cada vez había más frentes abiertos y, lo que es peor, parecía que otros príncipes tenían las mismas dificultades...

Caminó mucho tiempo y no encontró ningún castillo. Los rumores eran ciertos, los castillos estaban cerrados, sin embargo parecía haber cada vez más vagabundos y gente de mal vivir... Entonces se acordó de las palabras de su Padre.

Providencialmente un leproso le salió al encuentro en el camino. Tenía manchado el sayo por un costado y le tendió la mano para que lo acompañara. Le ofreció las vendas con las que se cubría las llagas de sus manos y sus pies para curar sus heridas y el príncipe avergonzado recapacitó, se dejó ayudar y se curó de todas sus heridas.
A partir de entonces empezó a cambiar la suerte del príncipe. Cogió el estandarte familiar que llevaba uno de sus súbditos y empezó a ganar cada vez más batallas hasta que, junto con otros príncipes salieron triunfantes en la guerra final.

Comprendió que su Padre tenía razón, la Humildad es la mejor arma para ganar.


Queridos niñ@s,

Pobre príncipe, ¡qué penalidades! Mira que perder el caballo y la espada...No se dice nada al respecto pero, por lo visto, el escudo no lo perdió porque no había tenido la precaución de cogerlo ¡qué fallo!

¡Cuidado que eso nos puede pasar a nosotros si nos descuidamos! Seamos siempre humildes, sencillos y agradecidos así nos pareceremos más a Jesús y los demás le podrán ver en nosotros.

A mi se me ocurre que debemos rezar mucho por nuestros sacerdotes no vayan a verse nunca en una situación como la de este príncipe. Acordaos que son soldados y, además de su estandarte, necesitan un ¡Escudo de Santa María!

 ¡El amor de Dios lo puede todo!



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